La globalización y los cada vez más numerosos medios de viaje facilitan que los seres queridos vivan lejos. Las relaciones a larga distancia son cada vez más comunes, ya sea entre socios separados por trabajo, un hijo que se muda a otro lugar para estudiar, o los amigos que contraen matrimonio con gente de diferentes ciudades.

No resulta sorprendente, Skype ha llegado a ser una de las herramientas más populares de Internet. En mayo del año 2012, la compañía anunció un hito: 35 millones de usuarios al mismo tiempo, solo una semana después de haber alcanzado los 34 millones de usuarios.

En lo que respecta a nuestros seres queridos, queremos estar en contacto, más allá de la distancia. Aunque los adventistas del séptimo día creen que la profecía es una predicción de lo que sucederá en el futuro, también sabemos que tiene que ver con mucho más: tiene que ver con el profundo deseo divino de estar el contacto con los que ama, es decir, con nosotros.

A lo largo de la historia, Dios usó a los profetas para consolar a sus amados hijos y darles orientación, instrucción y corrección. Cuando perdieron el camino, les envió “profetas para que los hicieran volver a Jehová” (2 Crónicas 24:19). Cuando comenzaron a desesperar, les envió profetas para animarlos (2 Crónicas 15:1-8). Y cuando necesitaban hablar con alguien, Dios escuchó y respondió mediante sus profetas (Habacuc 1).

Los profetas de Dios son sus mensajeros, designados para hablar sus palabras (Deuteronomio 18:18). La naturaleza humana tornó imposible que veamos a Dios cara a cara. Pero solo porque tengamos que mantener la distancia no significa que él tiene que permanecer silencioso.

Los adventistas creen que las profecías son la manera que tiene Dios que continuar dialogando con nosotros. Y en último término, es el espíritu de profecía quien da testimonio de Jesús (Apocalipsis 19:10), el epítome del mensaje de amor de Dios, de que él habría de morir por nosotros para salvarnos.