La oración es el simple acto de conversar con Dios. Significa hablar con el Creador del Universo: ya sea en voz audible o con el pensamiento, durante momentos especiales o comunes, cuando estamos en movimiento o antes de ir a la cama. Es el privilegio que tenemos como sus hijos, una conexión directa con Dios. No hacen falta mensajes de voz, ni llamadas en espera.

Algunos ven la oración como una conversación en sentido único o, lo que es peor, una conversación con uno mismo. No obstante, los estudios han mostrado que la oración no solo mejora nuestra calidad de vida, sino que en realidad tiene el poder de sanar. Los científicos dicen que las interacciones con Dios por medio de la oración nos dan la capacidad de manejar mejor nuestras emociones negativas y reducir la agresión hacia otras personas.

Según los investigadores Marek Jantos y Hosen Kiat, “[La oración] debería ser reconocida como un importante recurso para enfrentar el dolor y la enfermedad, y para mejor la salud y el bienestar general”. La Biblia promete incluso que cuando oramos, experimentaremos “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

A pesar de ello, los adventistas del séptimo día no oran tan solo por causa de su salud y bienestar. Como lo expresó la escritora cristiana Elena White, “la oración es el acto de abrir el corazón a Dios como a un amigo”.

Es lo que motiva y desarrolla nuestra relación con él, y cuando dedicamos tiempo a hablar directamente con Dios, descubrimos que él se toma tiempo de responder, y nos transforma con su amor.